El postoperatorio

Una vez terminada la intervención quirúrgica, el receptor del trasplante va despertando de la anestesia en la unidad de trasplante, bajo una estricta vigilancia de sus constantes vitales (frecuencia respiratoria, pulso, tensión arterial, temperatura) que detecten o alerten de cualquier complicación que pueda surgir.

Tras la operación, el paciente queda con una vía venosa para la administración de suero y un catéter de drenaje del área quirúrgica, situado próximo a la herida y que habitualmente ocupa la parte derecha del abdomen, así como una sonda colocada en la vejiga urinaria que permite recoger la diuresis y efectuar los frecuentes controles de orina que son necesarios.

Normalmente el trasplantado se levanta de la cama a las 24-48 horas, e inicia la toma de líquidos y medicamentos por boca en este mismo período, que es el que suele tardar el intestino en recuperarse de la parálisis producida por la anestesia. A medida que se va eliminando el líquido acumulado en el área quirúrgica y las suturas de unión entre el uréter del riñón trasplantado y la vejiga vayan cicatrizando, se irán eliminando tanto el drenaje como la sonda vesical (entre 3-11 días).

Por lo general y salvo complicaciones, el riñón trasplantado puede comenzar a emitir orina inmediatamente, normalizándose progresivamente los valores de las analíticas practicadas (urea, creatinina) y el paciente puede ser dado de alta hospitalaria aproximadamente entre 10-12 días después de la intervención, aunque se deben continuar con los controles periódicos en consulta externa, siendo claves las ocho primeras semanas. 

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